sábado, 22 de septiembre de 2012


Borrando mí Regreso


Lunes, día en que pago, todos mis pecados.
Recuerdo algunos. Debería anotarlos. Le negué a mi vecina, una taza de azúcar, fingí estar
enferma, para no cenar en casa de mi suegra. Le negué a mi cuñada ayuda para su parcial. Es
que todos me acosan con pedidos, parecen pichones hambrientos. Mi marido contempla
escondido detrás de su depresión. Hundido en el sillón. Con la barba crecida. En pantuflas. Para
colmo están gastadas en la punta donde asoman los calcetines negros que sujeta con ligas, en las
pantorrillas ralas
Por mi trabajo de contadora, debo presentarme en los negocios de Liniers.
El que camina por esas calles, sabe de lo que hablo. Un mundo maloliente y oscuro, que se
adhiere a la ropa, la traspasa y te marca la piel.
 ¿Dónde quedaron mis proyectos? En la facultad me pavoneaba hablando de mi futuro. Con un
tío político, me veía a los treinta ocupando un cargo cerca del Ministro de Economía. Los medios dirían: La ascendente y bella economista apoyó la ley…

Tiempo atrás, llegaba a Capital, en mi coche. Una vez cumplido los trámites, olvidaba el mal momento y volvía por la autopista, a mi barrio arbolado, de calles prolijas.

Pertenecer a ese espacio, me compensaban de los planes frustrados. Del tío no hablo. No hay
nada más patético que un político venido a menos, de trajes lustrosos y discursos gastados.

La mañana es gris y pegajosa, se mezclan los olores de fritura y vino áspero. Unos metros más adelante, el olor a velas, de los puestos instalados frente a la Iglesia, se enroscan con el del incienso, del negocio, que vende toda clase de amuletos y materiales para embrujos. Que alguien me diga, que vela encender, que santo invocar, para librarme de mi infortunio.

Ya cumplí mi penitencia con una sonrisa, no es cosa de perder los pocos clientes que me quedan. Ellos, de miradas pétreas, gestos lentos, sonríen poco, lo suficiente para que vea brillar un diente de oro, entre los labios gruesos, húmedos.
Condescendientes, me oprimen la mano, la sacuden .Son mis patrones.
Yo me marcho con mi título bajo el brazo, rogando que no llegue un sobrino, hijo o pariente, con un titulo sin arrugas, que lo amerite a llevar las cuentas, o a ser Ministro de Economía
Tomo impulso. Sujeto mi maletín como el bien más preciado, debo sortear media cuadra y llegar a la parada del colectivo. Me preparo para la embestida.

Volver a casa, será el premio consuelo.
Olvidaré por unas horas la venta del coche. La crisis. El cierre de la empresa, en que mi marido, trabajó 20 años. Ahora padece del síndrome de Gerente General en desuso.

Libre. Pagas, por treinta días, mis pequeñas miserias. Prometeré, mientras me sacudo en el asiento, ser cordial con mi vecina, alabar, la comida de mi suegra. Ayudar a mi cuñada a lograr su Licenciatura, a los cuarenta, después de criar tres hijos.

Esquivo a los anónimos que intentan como yo, huir de otros anónimos. Forastera, en esas veredas trajinadas. Pálida y gris, en un carnaval sin sonrisas, de vestimentas coloridas, de etiquetas falsas, colgadas en perchas a los lados de la acera, en espera del que quiera comprar un espejismo. Un mundo adulterado.

La multitud, ansiosa, me atropella para tomar el próximo colectivo. Cuando suban veinte o treinta personas, será mi turno. Olvidaré que existe este lugar.

Una mano se agita frente a mis ojos. Quedo atrapada en un reflejo que me acecha, entre linternas y flores de tela que nunca florecieron. La mano me busca, las uñas sucias, rotas quieren aferrarme. La enfrento, ropas andrajosas, pelo apelmazado, en la cara, líneas como tajos. La mirada asustada, incrédula, los anteojos sin cristales, cabalgando en la nariz. Un lunar, en forma de cereza pequeña, sobre el labio superior. Mi lunar. Mi cara.

Todo es oscuro, me pierdo en la nada. Más allá, baldosas rotas. Pisadas, que se van, borrando mi regreso.
Extiendo la mano, con desgano alguien, deja caer una moneda.

En las paredes, los carteles anuncian:
Llegó su salvación, únase al milagro de la Iglesia de…
Prestamos en el acto…
Resaltado con marcador rojo, sexo para todos, llame al…


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Unas veces me siento/ como pobre colina/ y otras como montaña de cumbres repetidas/ unas veces me siento /como un acantilado /y otras como un cielo /azul pero lejano...

De :Mario Benedetti

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